Marzo incomoda porque aún duele

Vuelve a ser marzo. Y, como cada año, la lucha feminista vuelve a colocarse en el ojo del huracán.

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Yos Rodríguez

Se escuchan las mismas frases: “Pero si ya tienen derechos…” “Eso es vandalismo.” “Es una moda.” “Están exagerando.” “Están locas.”

La conversación pública suele quedarse en la forma (las marchas, las pintas, los monumentos intervenidos) pero rara vez profundiza en el fondo.

Sí, los derechos existen. Están escritos en la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. La igualdad está consagrada en el artículo 1º. La no discriminación es un principio rector. El acceso a una vida libre de violencia también está reconocido en la ley, junto con marcos normativos como la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia.

Pero una cosa es el derecho en el papel y otra muy distinta el derecho en la realidad.

Porque los derechos no son solo declarativos; deben ser garantizados, ejercidos y protegidos. Y ahí es donde la brecha se vuelve evidente.

En México, miles de mujeres denuncian violencia cada año. La violencia familiar sigue siendo uno de los delitos más reportados. La brecha salarial persiste. Las mujeres dedican, en promedio, muchas más horas al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado. La violencia digital ha abierto nuevas formas de agresión. Y en distintos espacios (laborales, educativos, políticos) la desigualdad estructural continúa operando, a veces de manera silenciosa, a veces brutal.

Entonces no, no es una moda.

Es una respuesta social a una deuda histórica.

Cuando se cuestiona la protesta, conviene preguntarse por qué se protesta. Ningún movimiento social surge del capricho colectivo. Surge del cansancio, de la acumulación de injusticias, de historias repetidas que no encontraron respuesta institucional suficiente.

El feminismo no busca privilegios; exige que los derechos que ya están reconocidos se conviertan en derechos reales, tangibles, accesibles para todas. Busca que la igualdad sea sustantiva, no simbólica. Que la seguridad no dependa del horario, la ropa o la ubicación. Que la justicia no sea un laberinto desgastante.

Marzo incomoda porque visibiliza lo que muchas veces se quiere mantener en silencio. Porque obliga a revisar prácticas culturales, privilegios y estructuras.

La pregunta no es por qué marchan. La pregunta es por qué, en 2026, todavía tienen que hacerlo.

Mientras los derechos no se vivan plenamente en la cotidianidad, la lucha seguirá siendo necesaria. No como moda. No como tendencia. Sino como ejercicio legítimo de ciudadanía y exigencia democrática.

Porque los derechos escritos son un punto de partida. Los derechos garantizados son la meta

DE TOCHO-MOROCHO