Yos Rodriguez
Recuerdo la primera vez que me hice esta pregunta: ¿puede una noticia ser injusta?
Fue una sensación extraña, como cuando algo no cuadra, pero no sabes qué. Leía una nota y, casi sin darme cuenta, empecé a notar un patrón: en las noticias sobre mujeres casi siempre aparecían las mismas narrativas. Víctimas. Culpa. Madres “irresponsables”. Escándalos. Cuerpos. Sexualización. Morbo. Rara vez su historia completa, nunca su voz, mucho menos sus razones. Con el tiempo entendí que no era casualidad. Era estructura.
Años después, cayó en mis manos el libro Hacia la construcción de un periodismo no sexista. Y fue como encender la luz en una habitación que llevaba años a oscuras.
Ese manual no solo me enseñó a mirar el lenguaje con otros ojos; me ayudó a entender que el periodismo (como tantas otras cosas) se construyó históricamente desde una mirada masculina. Que lo que parece “neutral” en realidad excluye. Que muchas veces lo que no se nombra, no existe.
Y durante siglos, las mujeres fuimos omitidas, minimizadas o reducidas a roles secundarios en las noticias. No como sujetas políticas, expertas, protagonistas o fuentes autorizadas, sino como acompañantes, víctimas pasivas o adornos narrativos. Incluso cuando éramos el centro de la historia, alguien más la contaba por nosotras.
También entendí cómo el periodismo reproduce violencias simbólicas: titulares que responsabilizan a la víctima, preguntas que juzgan, adjetivos que infantilizan, imágenes que revictimizan. Violencias sutiles, normalizadas, pero profundamente dañinas.
Lo más impactante fue descubrir que el cambio no solo es posible, sino urgente. Que sí podemos escribir y contar historias desde otros lugares. Que podemos cuestionar el enfoque, diversificar las fuentes, usar un lenguaje incluyente y preciso, y narrar sin estereotipos. Que informar no es solo transmitir datos, sino asumir una postura ética frente al mundo.
Aprendí que el lenguaje puede sanar o puede herir. Que una palabra puede dignificar o condenar. Y que hacer periodismo también es un acto político y de justicia social, aunque a veces se disfrace de “neutralidad”.
Desde entonces, ya no leo igual una nota, una entrevista o un titular. Ahora me pregunto constantemente: ¿A quién representa esta historia? ¿A quién deja fuera? ¿Desde qué mirada está escrita? ¿Con qué palabras? ¿Con qué intención?
Y en ese ejercicio cotidiano (a veces incómodo, a veces revelador) encontré no solo otra forma de entender el periodismo, sino otra manera de estar en el mundo: más crítica, más consciente y, sobre todo, más justa.
Libro: Hacia la construcción de un periodismo no sexista, primera edición 2009, segunda edición 2011, Edición comunicación e información de la mujer AC, (CIMAC)



