Mtro. Gerardo Galicia
En México y gran parte de América Latina, el deporte sigue siendo visto más como una actividad extracurricular que como un componente esencial en la formación de niños y adolescentes. Sin embargo, la evidencia científica y estadística demuestra que practicar deporte no solo mejora la salud física, sino que también impacta en la educación, la prevención de adicciones y el desarrollo social.
De acuerdo con la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (ENSANUT, 2022), el 38% de los niños de 5 a 11 años y el 46% de los adolescentes de 12 a 17 años presentan sobrepeso u obesidad, una de las cifras más alarmantes en la región. El sedentarismo y el tiempo frente a pantallas son factores determinantes: la OCDE reporta que los adolescentes mexicanos pasan en promedio 5 horas al día frente a dispositivos electrónicos, mientras que solo 2 de cada 10 realizan actividad física regular.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda al menos 60 minutos diarios de actividad física moderada o vigorosa para niños y adolescentes. No obstante, en México apenas el 24% cumple con esta recomendación. El déficit no es menor: según la UNESCO (2021), la práctica deportiva en la infancia está vinculada con un mejor desempeño académico, especialmente en áreas como matemáticas y comprensión lectora, además de fomentar habilidades sociales como el trabajo en equipo, la disciplina y la resiliencia.
El impacto también se refleja en la salud mental. Un estudio publicado en The Lancet Child & Adolescent Health (2020) encontró que adolescentes que practican deporte al menos tres veces por semana tienen un 23% menos de probabilidades de desarrollar síntomas de depresión en comparación con quienes no realizan actividad física. En un país donde la Secretaría de Salud estima que uno de cada siete adolescentes ha presentado síntomas depresivos, el deporte se convierte en un recurso preventivo clave.
Pero más allá de la salud, está el factor social. En comunidades vulnerables, el deporte ha demostrado ser una herramienta eficaz contra la violencia y las adicciones. Programas de fútbol y artes marciales en estados como Chihuahua y Guerrero han logrado reducir en un 15% la deserción escolar en adolescentes participantes, según datos del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL, 2023).
La paradoja es que, pese a los beneficios, el acceso a infraestructura deportiva sigue siendo desigual. El INEGI reporta que solo 3 de cada 10 escuelas públicas cuentan con canchas o espacios adecuados para actividad física, y en zonas rurales la proporción baja a 2 de cada 10. La carencia de políticas públicas integrales en esta materia convierte al deporte en un lujo, cuando debería ser un derecho garantizado.
El reto está claro: invertir en deporte no es un gasto recreativo, sino una apuesta por la salud pública, la educación y la cohesión social. Si queremos un país con jóvenes más sanos, resilientes y preparados para el futuro, el balón, la raqueta o el tatami no pueden seguir siendo accesorios, sino piezas centrales de la formación.



