¿Cómo será la Cuba del futuro?

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Por Abraham Jiménez Enoa.

 

Un presidente de Estados Unidos en el corazón de La
Habana confesándole a los cubanos que por años su gobierno se
equivocó de estrategia y que la confrontación no es el camino, que a
partir de ese momento podrán caminar juntos hacia un futuro
mejor. Muere el jefe supremo, el artífice del régimen cubano, de la
congelación en el tiempo de la isla. Unas reformas socioeconómicas, de
la mano del nuevo jefe supremo —hermano del anterior—, generan que
la propiedad privada florezca y gane espacio por primera vez en el país.
El internet llega y empodera a la ciudadanía y produce una sociedad civil
que quiere cambiar el statu quo de la nación. Otro presidente de Estados
Unidos destruye el acercamiento entre los dos países y decide retomar la
vía de la confrontación. El nuevo jefe supremo sale del poder y, por
primera vez en seis décadas, la isla tiene un presidente que no lleva su
apellido. La isla regresa a la precariedad histórica. La sociedad civil pone
el cuerpo para que se produzcan los cambios. Una pandemia. El
gobierno apresa en sus cárceles a parte de la sociedad civil y, a los que
no encierra, los expulsa al exilio. El éxodo masivo más grande de la
historia del país.
El compendio anterior resume la última década en Cuba. Una montaña
rusa que por momentos ilusionó, que nos hizo pensar a muchos que, por
fin, las cosas en la isla iban a tomar un rumbo diferente. Pero
lamentablemente todas esas sensaciones de ensueño, sustentadas por
acontecimientos históricos, desembocaron no solo en la desolación
provocada por esas desilusiones, sino que el régimen, para evitar los
cambios y la pérdida del poder, llevó al país a un pantano, a un presente
nefasto del que no se sabe cómo se puede salir. Entonces: ¿Cuál es el
futuro de Cuba? ¿Cuántos años más durará el castrismo? ¿Con la
extinción del régimen llegará finalmente la democracia a la isla? ¿El
capitalismo se apoderará completamente del archipiélago? Soñemos
ahora, pues.
No hay dudas de que el momento bisagra, para lo que viene en Cuba,
será la muerte de Raúl Castro. Raúl, a sus 91 años y sin cargos políticos,
sigue siendo el jefe supremo del país, aunque la presidencia y la
dirección del Partido Comunista —única organización política permitida
por ley— estén en los hombros de Miguel Díaz-Canel, quien ha dejado
claro su absoluta condición de peón de Castro. Esa muerte cambiará de

manera inevitable los entresijos del castrismo, como no los cambió la
muerte de Fidel Castro. Porque para suplir a Fidel, estaba Raúl. Pero
para sustituir a Raúl, no hay nadie. Porque la inmensa mayoría de los
generales con verdadero poder político son también unos ancianos que
viven sus últimos días. Por lo tanto, el poder lo tendrán que asumir los
civiles que han podido treparse en la cúspide del gobierno.
Esos civiles son hombres ensamblados en el Partido Comunista,
personas igual de encorsetadas que la élite militar. La diferencia
radica en que son más jóvenes, pertenecen a otra generación y ya
no tendrán encima los dedos decisores y los ojos vigilantes de sus
mentores. De esa manera, se producirá una pugna al interior del
establishment entre los civiles comunistas y los militares. Por dos
razones. La primera: los militares controlan hoy ya entre 70% y
80% de la economía del país, y obviamente no querrán disminuir
esa influencia. La segunda: los civiles comunistas no solo
intentarán disputar la economía del país para tener algo de peso
en sus manos, sino que, siendo más jóvenes y estando más
pendientes del pueblo —sin llegar a importarles mucho— querrán
reformar el sistema cubano sin que esos retoques lleguen a
cambiar la aparente fisionomía del régimen. Modificaciones que se
producirán en una estructura sistémica dañada y frágil, por lo que
podría desplomarse completa o parcialmente.
Sin percatarse —los gobernantes—, darán paso a una suerte
de Perestroika —salvando las distancias históricas—. ¿En qué plazo puede
suceder esto? Yo digo que cinco años después de la muerte de Raúl
Castro.
Creo que este será el hipotético camino de Cuba. Y no llegará a
producirse, entonces, lo que más deseo en la vida: que la ciudadanía
desbanque al gobierno. La oposición, los activistas, la sociedad civil en
general, tienen toda la fuerza que se puede tener para intentar cambiar el
orden institucional cubano, pero no lo podrán lograr. Cuba es un país
maniatado de punta a cabo por el totalitarismo impuesto de un régimen
militar. La represión, que llega hasta los resquicios más insospechados,
asfixia todo brote de libertad. Además, por un lado, dentro de Cuba
queda muy poca gente forzando esos cambios y, por otro, la incidencia
dentro de la isla de las acciones del exilio son insignificantes.
Este desenlace nos llevaría a responder la pregunta clásica sobre Cuba:
¿qué pasará con el socialismo, el capitalismo llegará? Para responder
esa pregunta no hay que viajar al futuro: Cuba es un capitalismo de

Estado desde hace años, aunque su gobierno siga vendiendo una idea
distinta. Un país donde el Estado y sus instituciones son dueños de casi
todo y se enriquecen por día a expensas de las penurias de su
ciudadanía para quien un rollo de papel sanitario, un huevo o un blíster
de aspirinas, son un lujo. Pero algo peor sucederá: el capitalismo
desembocará en la isla en todas sus variantes y con todo su arsenal. Y
Cuba mutará: pasará de ser ese supuesto reducto socialista aún anclado
al siglo XX, a ser un destino turístico exclusivo para quienes quieran
disfrutar de una isla en el Caribe con sus playas, sus mojitos y su buena
música.
¿A dónde irá a parar lo que el régimen llama “las conquistas de la
revolución”, la salud, la educación, el deporte? Pues, a donde mismo fue
el socialismo. Ninguna de esas “conquistas” existen ya, se esfumaron,
forman parte del pasado nostálgico de la isla.
La gran incertidumbre está en saber la deriva política de quienes se
hagan con el poder. De ello dependerá que aterrice o no en la isla, lo que
hace décadas llevamos esperando, la democracia.

DE TOCHO-MOROCHO