Yoselin Rodríguez
Cada año, el 8 de marzo se llena de discursos, publicaciones y gestos simbólicos. Las calles se pintan de morado, los mensajes hablan de igualdad y, por un momento, parece que el mundo sí está mirando hacia las mujeres.
Pero la realidad es otra: el 8M no es un día, es una postura de vida.
Porque el patriarcado no descansa. No se toma pausas después de una marcha ni se disuelve con un hashtag. Está en lo cotidiano, en lo que parece “normal”, en lo que no se cuestiona. Y es justo ahí donde empieza la verdadera resistencia.
No se trata solo de salir a marchar, se trata de incomodar al sistema todos los días.
En la conversación donde alguien hace un chiste machista. En el comentario que minimiza a una mujer. En la decisión de no callar, aunque incomode.
Pero también (y esto es clave) no se trata de atacar por atacar, sino de señalar para transformar. No es humillar, es evidenciar. No es destruir, es cuestionar. Porque muchas veces, quien reproduce el machismo ni siquiera lo ha cuestionado.
Ahí es donde empieza el cambio real.
Trabajar por derribar el patriarcado no siempre se ve épico. A veces es incómodo, silencioso y constante. Es corregir a un amigo, poner límites, dejar de reírte de lo que antes normalizabas, y empezar a nombrar lo que antes pasaba desapercibido.
Es también mirar hacia adentro. Reconocer que todas y todos hemos crecido dentro de este sistema, y que desaprender es parte del proceso. Porque no basta con señalar afuera si no transformamos lo que llevamos dentro.
Las mujeres que todos los días van en contra del sistema no siempre son las que están al frente de una marcha. También son las que se atreven a decir “no”, las que rompen ciclos, las que educan distinto, las que dejan de justificar violencias pequeñas que sostienen violencias grandes.
El 8M no es una fecha, es una decisión diaria.
Una decisión de no callar. De no normalizar. De no volver a ser cómplice de lo que lastima.
Porque el cambio no ocurre en un solo día… ocurre en cada momento en el que alguien decide incomodar lo que siempre se ha dado por hecho.
Y ahí, justo ahí, empieza a caer el sistema.



