Iconoclasia, no vandalismo: cuando las mujeres toman las calles el 8M

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Yos Rodríguez

Cada año, cuando llega el 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres, el debate público vuelve a encenderse. Las marchas feministas ocupan las calles y, junto con ellas, aparecen también las opiniones, los titulares y los comentarios en redes sociales. Muchos de estos discursos (especialmente desde medios amarillistas) se enfocan en una sola imagen: paredes pintadas, monumentos intervenidos o vidrios rotos. Y rápidamente aparece una palabra: vandalismo.

Pero, ¿realmente es vandalismo? ¿O estamos hablando de algo distinto?

Para entenderlo, es importante distinguir entre vandalismo e iconoclasia. El vandalismo se define como la destrucción o daño de bienes públicos o privados sin un propósito más allá del acto de destruir. Es una acción sin contexto político o social claro.

La iconoclasia, en cambio, tiene una carga histórica, política y simbólica. Se trata de intervenir o cuestionar símbolos que representan poder, autoridad o estructuras sociales que han sido normalizadas durante años.

En este punto vale la pena recordar una frase que aparece en la película V de Venganza:

“Los símbolos tienen el valor que les da la gente; por sí solo, un símbolo no significa nada.” — V

La cita resume algo fundamental: los monumentos, estatuas o edificios no poseen un significado propio; su valor se construye socialmente. Representan aquello que una sociedad decide recordar, honrar o mantener en pie.

Cuando las mujeres intervienen monumentos, pintan consignas en edificios públicos o colocan nombres de víctimas de feminicidio en las paredes, no están actuando desde el vacío. Están señalando algo que durante mucho tiempo ha sido ignorado: la violencia sistemática contra las mujeres, la impunidad y la falta de respuesta efectiva por parte de las instituciones.

En ese sentido, la iconoclasia funciona como un acto de protesta simbólica. Los monumentos, estatuas o edificios gubernamentales representan el poder del Estado, la historia oficial o las figuras que han sido exaltadas por la sociedad. Intervenirlos es una forma de cuestionar ese relato y de exigir que también se reconozca la historia de las mujeres que han sido violentadas, desaparecidas o asesinadas.

 

No es la primera vez en la historia que los movimientos sociales cuestionan los símbolos establecidos. Cuando un símbolo deja de representar a la sociedad o cuando oculta realidades de injusticia, inevitablemente se convierte en un punto de discusión.

Sin embargo, muchos medios de comunicación prefieren centrar la narrativa en la pintura de una pared o en el daño a una estructura. Las cámaras enfocan el vidrio roto, pero pocas veces cuentan la historia de la mujer cuyo nombre quedó escrito en esa misma pared. Se habla del monumento dañado, pero no del sistema que durante años ha fallado en proteger a miles de mujeres.

Este enfoque no es casual. Al reducir la protesta a una cuestión de “orden público” o “daños materiales”, se invisibiliza el motivo profundo de la movilización: la exigencia de justicia, seguridad y derechos.

El 8M no surge de la nada. Es el resultado de décadas de lucha por igualdad, por acceso a oportunidades, por el derecho a vivir sin violencia. Las marchas, los gritos, los carteles y también las intervenciones simbólicas forman parte de un lenguaje de protesta que busca ser escuchado en una sociedad que muchas veces ha preferido mirar hacia otro lado.

Porque, como recuerda la frase de V de venganza, los símbolos adquieren significado únicamente cuando la sociedad decide otorgárselo. Y cuando esa misma sociedad siente que esos símbolos ya no representan su realidad, también tiene el derecho de cuestionarlos.

Por eso, antes de repetir la palabra vandalismo, vale la pena preguntarse: ¿qué se está denunciando?, ¿qué dolor se está expresando?, ¿qué historias están detrás de esas consignas?

Porque, para muchas mujeres, lo verdaderamente grave no es la pintura sobre un monumento. Lo verdaderamente grave es la violencia que sigue ocurriendo todos los días.

DE TOCHO-MOROCHO